Libertad (2012)

por giulsardi

A tan solo pocos días de su estreno, la película Libertad, de Gustavo Delgado ya causó cierto  revuelo. Se pueden observar varios comentarios pintorescos bajo el artículo de Emmanuel Báez (joven crítico de cine) quien hizo una dura crítica a la película.

Entre los comentarios vertidos por ciertos lectores se destacan algunos que inundados de indignación patriótica reprochaban a Emmanuel el haber calificado en términos negativos a una producción nacional. “Anti-paraguayo”, “negativo”, “pesimista”, “troll”, “snob”; fueron algunos de los calificativos lanzados contra él. Claramente para algunas personas la mejor manera de apoyar al incipiente cine paraguayo es taparse los ojos y ser complaciente; apuntar a la mediocridad, al ya da ya.

Pero felizmente hubo casi igual cantidad de gente que no se conformó con la mentira, que sabe que la crítica tiene un valor.

Creo que hasta ahí muchos podríamos estar de acuerdo: que algo sea nacional no significa que deba estar exento de críticas.

Si me permiten, yo quisiera ir un poco más. Yo quiero indagar. Quiero poner bajo la lupa a la clase artística. Quizá no a toda, pero sí a la que realiza este tipo de obras. La clase que pretende que aceptemos como moneda común que el tipo de arte al que hay que apuntar es: lo cómodo, lo moderado, lo que no molesta a nadie, lo que no rompe esquemas, lo que no arriesga, lo que no cuestiona nada al orden imperante de las cosas, lo que no se complica en ir un poco más allá.

Olvidémonos de las cualidades técnicas de la película y analicemos su carácter artístico.

Me viene a la mente una breve anécdota. Recuerdo cuando hace unos años asistí por primera vez a un concierto de un grupo de rock nacional que muchos conocerán: Dokma. Fue en el estacionamiento del Casino ‘By Worest’, se trataba del concierto: “O sea, no”, donde presentaban algunos temas de -el que iba a ser su próximo disco-: Eurofeo. Fue una excelente experiencia. Por primera vez escuchaba unas letras que contenían una crítica. Algo que iba más allá de riffs y melodías. La letra de Rodrigo “Jurú” Pampliega le dotaba al grupo de una propuesta artística verdadera. No un “mensaje”, no una “fábula”, sino una expresión de voluntad propia y auténtica. Podemos disentir, por supuesto, con la posible solución planteada por el artista; pero la crítica está hecha, la semilla de la duda está plantada. ¡Qué gran concierto fue! El rock paraguayo, el arte tenía además de una silueta, un fondo; un motor propio y una identidad.

Ojo, no intento confiscar el valor de las obras artísticas que carecen de ese tipo de contenido. Pero hay que tener en cuenta la obra que estamos analizando: un relato histórico que de manera inevitable tiene una gran carga ideológica. Lo que me desagrada y lo que para mí no tiene nada de valor no es el arte vacío de contenido, sino el arte que al presentarse como vacío es decididamente cómplice. Cómplice y acrítico frente a las contradicciones obvias en las que vivimos… ¡Qué poderosa arma tenía Gustavo Delgado en sus manos! Él mismo había declarado: “Yo no tengo excusas para hacer una película mala”. Y la hizo. ¡Y mala desde todo punto de vista! Qué enorme oportunidad tuvo de vengar a la historia, tantas veces ultrajada por la historiografía oficial; que enorme oportunidad de vengar al arte paraguayo (“que se populariza”), casi siempre en manos de clases artísticas acomodadas.

No acuso al director de no haber respetado la historia, lo acuso de haberla respetado. De respetar el relato oficial con sus destaques y sus silencios. Sin tener una visión propia. No un relato propio, ¡una visión propia, y de artista! Retumban en mi mente las palabras de un amigo que me decía que el arte en Paraguay jamás despegaría hasta que los artistas de acá no tengan un enemigo. Y es en casos (de fracasos) como éstos donde se observa como se materializa esa ausencia de inconformidad, de pasión, de la gran musa que puede ser el enojo.

Se hace muy difícil perdonar que el director no haya sabido aprovechar lo que tenía en manos, tomar las urgencias del presente para establecer un diálogo con el pasado, no haber explotado ni al mínimo las posibilidades que planteaba ese escenario, sobre todo cuando aceptó la responsabilidad de realizar una obra sobre un evento con tanto potencial como es la Independencia de la República.

 

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